Entre anaqueles

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sábado, junio 24, 2006

Adiós mariquita linda

El bastión de guerra del escritor y artista visual chileno Pedro Lemebel (Santiago, 1955), ha sido su asumida homosexualidad y una pluma afilada que le ha abierto una puerta dentro de la literatura del país sureño. Es exitoso y envidiado, quizás por esa misma personalidad que se le veía cuando caminaba de mujer por las calles del gran Santiago. De él dicen que es el Bukowski de los pobres, el Henry Miller del sur, la loca latinoamericana, el negrito (o la negrita) en Harvard porque lo invitaron a dar una conferencia allá y además le dieron la beca Guggenheim; que es la diva, que lo adoran los alumnos de literatura del mundo y los editores de los diarios Página/12 de Argentina y La Nación Domingo de Chile, donde ha escrito parte de los párrafos de su más reciente libro titulado mexicanamente Adiós mariquita linda (218 páginas), editado recientemente por la Colección Debate de Ramdom House Mondadori.

En esta nueva entrega, Lemebel prolonga el género literario donde ha entregado sus mejores páginas: la crónica urbana. El volumen concentra una cincuentena de crónicas, publicadas en el último período en diversos medios escritos y provistos de una redacción que denota un ojo certero para hablar desde una marginalidad asumida que no anhela convertirse en discurso político o crítica puramente ideológica. Su perspectiva de actor secundario -hasta este libro- le permite la independencia y desfachatez necesarias para referirse sin pudor a los amoríos homosexuales -fervores de un día o pasiones persistentes-, a la tipificación del mundo santiaguino nocturno, a los afanes frustrados de artistas pobretones y sin renombre o a las políticas culturales de los gobiernos de la Concertación.

Su título alude a la canción que el compositor mexicano Agustín Lara le escribiera a la cantante azteca María Félix, y su portada remeda a otro icono del mismo país, Frida Khalo.En ambos casos hay una mezcla de cultura popular y de kitsch masivo que Lemebel quiere reflejar en sus crónicas, las cuales recogen artículos, cartas a amores perdidos, encuentros en el norte de Chile y en La Habana, e incluso dibujos a mano alzada.

Estructurado en siete capítulos, el conjunto da cuenta mucho más de los espacios abiertos de la ciudad que de aquellos encerrados:restoranes, calles, hoteles, plazas o sitios eriazos conforman el paisaje de las aventuras de un protagonista que ha fotografiado a un Chile sucio y a la vez luminoso, cómico y triste. A diferencia de otros cronistas preocupados de entregar una gran cantidad de información, aquí predomina la recreación de atmósferas, el ambiente, el diseño de sus personajes, la perspectiva inusual, la adjetivación profusa, la reflexión aguda y hasta arbitraria.En este libro el amor se para en su puerta y él lo escribe popular, en esa onda polvorienta y total que ya es un referente en la literatura latinoamericana, con una velocidad y lujo que transmite un cierto desespero, una ola snob y una pulsión loca. Una necesidad de decirlo todo.

“Y recién al sentarme en un asiento, observado con curiosidad por los pasajeros, pude mirar a través del polvoriento cristal, y ésa fue la única visión que tuve del amanecer”, escribe, “con sus casitas pintadas, en contraste con el azul galáctico del mar lamiendo la playa de espumoso tul. Al partir el bus divisé por la calle al grupo de milicos que traían al Roger cogido de los brazos como un forajido”.Este adiós es una contaminación atmosférica y una nueva sensación térmica.

Con este libro, el autor advierte que se dejará auscultar y diseccionar por la crítica a favor o en contra, pero que le basta y le sobra el encuentro con los lectores: sus verdaderos pares. Todo el que escribe se merece a su lector, o todo el que abre un libro merece lo que lee. Y todo escritor es el estúpido de otro, como advierte Umberto Eco.

Lemebel nunca fue monedita de oro para gustarle a todo el mundo. En este libro le encanta describir sin ahorro escabrosas escenas sexuales y políticas. Lo entretenido y desafiante es que ahora es perfectamente capaz de inmiscuir en sus relatos a la crítica especializada, los profesionales de los medios y los amantes de paso, mucho más ahora que la fama tipo Truman Capote es una ola alta que lo arrastra. “Por suerte no vine con tacón alto” escribe él.

Andrés Tovar Zabaleta. Publicado en El Mundo el 10 de abril de 2006 con el título "Otro Bukowski"

1 Comments:

At 12:24 p. m., Blogger Juan Carlos Morgado said...

lejos uno de los mejores escritores chilenos, con esa pluma que desangra hasta el último pensamiento y desnuda todas las verdades.

Saludos
:)

 

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