Entre anaqueles

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sábado, junio 24, 2006

El Gran Virgilio

Lo que con cierto riesgo podemos llamar aún “literatura cubana contemporánea”, viene inclinándose desde hace tiempo hacia un “cronismo político-social”. Predominan en ella los certificados de eventos, los gestos notariales y un confesionalismo de baja intensidad biográfica. Ese debilitamiento de lo existencial se debe a que en todo este jaleo contextual, la política (y no otra cosa) ha acabado sacrificando lo biográfico extraordinario. En Cuba no existen “celebrities”, y eso es un síntoma del déficit democrático en términos postmodernos.

Por supuesto, hay libros y autores que no aceptan clasificación, que no encajan en la disquisición anterior y que exigen ser leídos con atención. Uno de esos es Jorge Ángel Pérez (Encrucijada Las Villas, Cuba. 1963), quien con Fumando Espero (su tercera novela, primera finalista en la edición 2005 del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos y editada para Venezuela por Bid & Co Editor) pone en manifiesto esa necesidad de no ser clasificado. Es decir, no digo que es imposible ponerle una etiqueta. Lo que sí es que la crítica debe abstenerse de clasificarlo; ¿Y cómo? pues de la única manera que existe: leyendo cada uno de sus libros, indagando, cediendo al propio plan del escritor.

Fumando Espero se desarrolla en Buenos Aires (tenía que ser para tomar como nombre uno de los más famosos tangos escritos por Juan Viladomat) y tiene como personaje central al célebre escritor cubano Virgilio Piñera, con quién el autor fabula con la estancia porteña, entre los años 40 y 50 del siglo XX, que tuvo en la realidad. Aunque en verdad se exilia en Buenos Aires, perseguido por ser partícipe de lo que podríamos llamar “literatura cubana homofílica”, representada entre otros por Severo Sarduy, Reynaldo Arenas y José Lezama Lima, de quien demás esta decir, el “padre” de esta corriente “alternativa” de las letras cubanas.

Nosotros lo pondríamos en búsqueda de su trascendencia física y como poeta, porque ha decidido ser embalsamado por Pedro Ara, un anatomista famoso, muy conocido durante esa época, attaché cultural de la embajada de España en Buenos Aires, que su mayor notoriedad la alcanzó tras el embalsamamiento de Eva Perón. Virgilio quiere que a su muerte le sean amputadas y embalsamadas las manos, llevadas a La Habana para ser exhibidas en la Sociedad Económica Amigos del País, y desafiar así a sus enemigos, principalmente a otro célebre de las letras cubanas, Lezama Lima.

Cuando más cerca está de Pedro Ara, muere Eva Perón. Al anatomista le encargan el tratamiento del cadáver de la primera dama, y Virgilio comienza a odiar y trata de destruir a la momia de Evita que le ha robado la posibilidad de trascender físicamente.

El texto es desenfadado, audaz y libre. Su libertad en la apropiación de personajes reales, sometidos a un minucioso proceso de ficcionalización no parece tener fronteras. Travestidos dotados de una identidad que se difumina en la espesa red intertextual de la ficción (en la cual a veces se excede, hay que reconocerlo). El intenso juego entre acontecimiento real y peripecia imaginaria trae como resultado un texto entreverado, que halla en su propia indefinición, una de sus fuentes de creatividad.

Entre los temas de la salvación de unas manos, la “presión” rediviva de Virgilio Piñera y un disgusto irónico con el protagonismo de Eva Perón, la novela nos hace un legado capaz de ceder a cualquier escrutinio. Con esto queremos decir que, sin quitarle méritos creativos a la obra ganadora del Premio Rómulo Gallegos, Fumando Espero tenía todos los méritos necesarios para ser la triunfadora. Y esto uno lo concluye después de leer las dos piezas finalistas. ¿Habrá sido por ser un texto “abiertamente gay” o reaccionaria políticamente? ¿o porque en su texto hace una referencia “candente” sobre Jorge Enrique Adoum, quien fuera miembro del jurado en esta edición?. En fin, ya está en la calle y la historia, irremediablemente, ya es historia.

Andrés Tovar Zabaleta. Publicado en El Mundo el 22 de noviembre de 2005