Entre anaqueles

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sábado, junio 24, 2006

El Silencio

El silencio suele ser una de las maneras más incisivas de hablar desplegada por el poder. Ya en 1964, la censura argentina se escandalizaba ante una película que revelaba el silencio ya no como un callar, sino como la imposibilidad extrema de comunicación verbal en medio de la guerra y entre hablantes de lenguas diferentes. Este film, El Silencio (1963) fue precisamente silenciado por la dictadura argentina en febrero de 1964, durante el gobierno democrático “débil” de Arturo Illia, presionado por una Iglesia que no toleraba un relato cinematográfico que era, en realidad, profundamente “occidental y cristiano” a la manera en que puede serlo un protestante escandinavo tal como Irgman Bergman, atormentado por “el silencio de Dios”.

Es así que la primera reflexión que impone la lectura de El Silencio del periodista argentino Horacio Verbitsky, editado por la colección Debate de Random House Mondadori y presente desde diciembre de 2005 en los anaqueles de las librerías del país, es que el silencio de la Iglesia Católica -Argentina en este caso- ante los crímenes atroces de la dictadura militar está, a diferencia del silencio bergmaniano, habitado por palabras. Verbitsky -columnista del diario argentino Página 12 e integrante rector de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano- vuelve a escribir, como hizo con El vuelo, sobre el destino de los desaparecidos y prisioneros en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).

Esta vez, en El silencio, el autor hace una nueva revelación casi metafísica sin antecedentes en el mundo: la existencia de un campo de concentración en una propiedad eclesiástica, ubicada en la Isla de El Silencio en la Patagonia argentina.El autor retoma testimonios pero agrega precisiones sobre cómo fue el nivel de colaboración de la Iglesia con la ESMA, donde fueron recluidos en su mayoría militantes montoneros y religiosos vinculados a las ideas de catequesis del Concilio Vaticano II que habían tomado el camino de una iglesia defensora de los pobres vinculados a la izquierda peronista.

Destaca el detalle de cómo con la colaboración de un sector de la jerarquía eclesiástica los catequistas y sacerdotes “díscolos” eran desprotegidos por su orden y luego secuestrados.Desfilan, así, los casos del secuestro y desaparición de los religiososMónica Quintero,María Marta Vázquez Ocampo y de los jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics.

Con una prosa ágil, notablemente transparente, distanciada, que por momentos asemeja a una descripción donde el solo hecho narrado produce una conmoción destilada y dolorosa sobre el lector, Verbitsky vincula al actual cardenal primado de la Argentina, Jorge Mario Bergoglio con el caso del secuestro de Dorio y Jalics, en 1977, entonces sacerdotes de la villa del Bajo Flores. El libro toma un curso infernal a partir del momento en que se anota la seducción del Papa Paulo VI por Emilio Massera, el entonces director de la ESMA y el acuerdo del entonces nuncio apostólico Pío Laghi en el proceso de “recuperación”, llamado así al proceso por el cual los militantes montoneros secuestrados en la ESMA debían trabajar como mano de obra esclava al servicio de los planes políticos de Massera.

Así, el infierno en nombre de la fe adquiere un perfil preciso en el libro de Verbitsky cuando se describen con detalles testimonios de secuestrados torturados y humillados bajo la mirada indolente de quienes deben defender la paz y la bondad. A tantos años de aquella tragedia, el viaje hacia “El silencio” tiene la potencia de lo sobrenatural y de la interpelación más profunda para los hombres de fe, dejando el testimonio más pleno de que la moral cristiana se hundió, en aquellos años tremendos, en el lodo de la boca del delta de la Patagonia.

Andrés Tovar Zabaleta. Publicado el 10 de enero de 2006